El libro de El Hobbit llegó a mi casa en las navidades de mis trece años. Fue un regalo de uno de mis tíos, ese típico familiar gran amante de la fantasía épica y fan absoluto de Tolkien. Devoré el libro con grandísimo interés y se convirtió en el primer paso que di para adentrarme en este género literario. Poco tiempo después, comencé la trilogía de El Señor de los Anillos, pero nada más empezar me di cuenta de que era un libro bastante más denso e intricado, lo que me obligó a posponer su lectura durante algunos años. ¿Adónde quiero llegar con esto? El Hobbit es una magnífica novela, que tiene un encanto mágico sobre cualquier joven que la lea y que deja grabados varios capítulos en la memoria. Pero no hay que olvidar que Tolkien la escribió para sus hijos; es decir, El Hobbit es una fábula pensada y escrita, en un principio, para ser leída en la intimidad de su casa y que, desde luego, no tiene la solidez de la trilogía del anillo. Y con esto no pretendo hacer una crítica negativa del libro, que me encanta, sino dejar ver que es algo que se nota en su adaptación cinematográfica The Hobbit: An Unexpected Journey.
En mi opinión, el principal problema de la película radica en algo de lo que Peter Jackson seguro que se siente muy orgulloso: la minuciosidad. La película es demasiado larga, aunque sí es cierto que gracias a su ritmo frenético no llega a aburrir, pero se recrea demasiado en los detalles y en contar leyendas antiguas para contextualizar la historia. Y, aunque estas tres horas de metraje sean bastante entretenidas, tengo más dudas sobre qué ocurrirá en las otras dos películas que nos tienen preparadas. ¿Acaso se pueden sacar más de ocho horas de metraje de un libro de apenas 360 páginas? Siguiendo una lógica puramente matemática, puedo entender la necesidad de hacer una trilogía de películas de los tres grandes tomos de El Señor de los Anillos, pero en The Hobbit: An Unexpected Journey se han juntado el hambre con las ganas de comer: por un lado, a Warner Bros les interesa alargar la saga todo lo posible para sacar más tajada y, por otro, para un fan obsesivo como Peter Jackson es todo un placer disponer de tanto tiempo para contar una de sus historias favoritas. Y eso que Jackson, tras terminar El Señor de los Anillos, había prometido no volver a dirigir una película ambientada en este mundo fantástico. Seguro que esta innecesaria extensión es una buena noticia para los amantes de la saga, pero irremediablemente va en contra del film.
El tono, al igual que en la novela, es muy diferente al de la trilogía posterior. The Hobbit es una narración bastante más amena y humorística, que cuenta las andanzas de una compañía de trece variopintos enanos, un hobbit y un mago que buscan recuperar un tesoro custodiado por un codicioso dragón. Un tercio de la película es prácticamente el preludio del viaje, la presentación de los antecedentes y de los personajes. Nos da la sensación de que, más que un viaje inesperado, va a ser algo interminable que no arranca nunca. Una vez que emprenden su trayecto, en términos puramente cinematográficos, la película está muy cerca de convertirse es un encadenamiento reiterativo de escenas de acción, sin ninguna profundidad ni carga narrativa.
El diseño de los personajes vuelve a ser excelente, los enanos son una fiel reconstrucción de la descripción de Tolkien y consiguen crear situaciones bastante cómicas en su primer encuentro con Bilbo. Aún así, la cuadrilla protagonista no tiene el suficiente peso dramático y los personajes son demasiado planos y estereotipados. Por fortuna, Bilbo Bolsón está interpretado con una naturalidad pasmosa por Martin Freeman, que para mi gusto es uno de los hobbits más convincentes que hemos podido ver en el universo adaptado por Peter Jackson.
Técnicamente, The Hobbit está a la altura que se espera, aunque dejo de lado avances como los 48fps o el 3D, más destinados a sacar el dinero de los bolsillos de los espectadores que a ofrecer nuevas sensaciones. Jackson vuelve a recrearse en el diseño de orcos, trasgos, trolls y demás bestias –se nota que aún queda algún retal del director gore y dedicado a la serie B que disfrutaba modelando monstruos y alienígenas-. Incide, además, en impresionantes planos aéreos de la compañía desfilando por las imponentes montañas de Nueva Zelanda. Lo malo es que toda esa espectacularidad ya nos había sido mostrada en su anterior inmersión en la mitología de Tolkien. Se echa de menos que visualmente ofrezca cosas nuevas, pues The Hobbit corre el riesgo de convertirse en más de lo mismo. Quizás porque la historia es menos épica, o porque tenemos el ojo más acostumbrado, la película resulta menos espectacular que la trilogía del anillo.
The Hobbit: An Unexpected Journey es una película amena, que se puede disfrutar mucho si uno acude con la idea de desconectar y dejarse llevar durante casi tres horas por La Comarca, Rivendel y otros sitios mucho más inhóspitos. Además, estoy seguro de que los fans incondicionales de Tolkien estarán bastante satisfechos de la fiel adaptación, pero creo que a Peter Jackson se le podía exigir un poco más: no es suficiente adaptar una novela de principio a fin, sacrificando para ello el ritmo de la narración. Eso sí, me gustaría romper una lanza por la gran escena de los acertijos entre Gollum y Bilbo. Fue el capítulo que más me gustó de la novela y, curiosamente, también en eso ha conseguido ser fiel el director:
Devora todas las cosas: aves, bestias, plantas y flores; roe el hierro, muerde el acero, y pulveriza la peña compacta; mata reyes, arruina ciudades y derriba altas montañas. ¿Quién es?
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jueves, 20 de diciembre de 2012
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